Los viajes de verano con intención encuentran en Yucatán uno de sus mayores tesoros naturales: los cenotes, formaciones milenarias de agua cristalina consideradas por los antiguos mayas como portales sagrados. En esta tierra de misticismo, historia y gastronomía emblemática, como la cochinita pibil y los tacos de recado negro, los cenotes representan una conexión profunda con la naturaleza y el pasado ancestral de México.
Originados por el impacto del meteorito de Chicxulub hace 66 millones de años y la presencia de roca caliza en la región, los cenotes son un fenómeno único en el mundo. Se estima que en Yucatán existen alrededor de 8 000, aunque pocos alcanzan la majestuosidad y fama del Cenote Suytun.

Ubicado a unos kilómetros de Valladolid, en la carretera hacia Chichén Itzá, el Cenote Suytun —cuyo nombre en lengua maya significa “plataforma de piedra” o “piedra en el centro”— destaca por su estructura circular y una icónica pasarela de piedra que emerge en el corazón del agua. Este elemento, combinado con la bóveda de roca caliza, estalactitas y estalagmitas, crea un ambiente que parece sacado de otro mundo.
La popularidad del cenote se disparó gracias a un fenómeno natural que ocurre a determinadas horas del día: un haz de luz solar que atraviesa la abertura superior e ilumina directamente la plataforma central, generando un efecto visual único que lo ha convertido en uno de los cenotes más fotografiados de la Península de Yucatán.
Con una profundidad que va de 1 a 5 metros, el Cenote Suytun es ideal para nadar, refrescarse y disfrutar en familia, además de ser un lugar recurrente para sesiones fotográficas, visitas en pareja y recorridos que combinan cenotes con zonas arqueológicas cercanas. Abierto todos los días, este sitio se ha consolidado como una parada imperdible dentro de la ruta de cenotes de Yucatán, donde la naturaleza, la historia y la espiritualidad se encuentran bajo tierra.