Enclavado en el corazón de la Sierra Madre Oriental, Xicotepec de Juárez —mejor conocido como Xicotepec— es uno de los Pueblos Mágicos más cautivadores de Puebla. Su aire templado y neblinoso envuelve a los visitantes en un ambiente de misticismo, historia viva y aroma a café recién tostado.
A solo tres horas de la Ciudad de México y Puebla, este destino se presenta como una escapada ideal para los amantes del ecoturismo, la cultura y la buena gastronomía. Al llegar, el viajero se encuentra con una plaza central arbolada, flanqueada por portales donde el café local es el protagonista absoluto, una tradición que acompaña cada hora del día.

Xicotepec no solo es reconocido por su exquisito café de altura, sino también por su riqueza cultural y espiritual. Destacan sitios como la monumental Virgen de Guadalupe, de más de 20 metros de altura, ubicada en el cerro El Tabacal; o el místico Centro Ceremonial Xochipila, donde aún convergen rituales indígenas y católicos cada 24 de junio.
Para quienes buscan aventura, el Mirador de la Cruz Celestial —conocido como la “Muralla China Mexicana”— reta con sus 746 escalones y recompensas visuales de la Sierra Norte. Y para los curiosos de la historia, el Museo Casa Carranza recuerda el momento en que Xicotepec fue la capital de México por tres días en 1920.
La oferta turística se completa con la Ruta del Café, visitas a cascadas como Barbas de Carranza, recorridos en la Presa Necaxa, rafting en el río San Marcos y exploración de cavernas en la zona de las Nactancas. Todo ello acompañado de una gastronomía que resalta sabores auténticos como acamayas, cecina, molotes, licor de acachul y dulces tradicionales como pan de queso y leche quemada.

Eventos como la Feria de la Primavera, la Fiesta de San Juan Bautista y el Día de la Virgen de Guadalupe llenan de música, danzas, aromas y colores a este mágico pueblo, que entre montañas y neblina, invita a desconectarse del bullicio urbano y reconectar con la naturaleza y la tradición.
Xicotepec es más que un destino: es una experiencia sensorial que comienza con el primer sorbo de café y se queda grabada en la memoria del viajero. Ideal para visitar en cualquier época del año, pero especialmente vibrante durante la primavera y junio, este rincón poblano promete dejar huella en el corazón de quien lo descubre.